Cuando Sebastián Montilla tenía 9 años, caminaba por el bosque de la finca de su padre en Pijao, Quindío, sin saber que ese lugar marcaría su vida para siempre. Allí, en un guadual a menos de un kilómetro del pueblo, vio por primera vez a un grupo de monos nocturnos: animales pequeños, de ojos enormes, acurrucados unos junto a otros. No sabía aún qué especie eran, pero la escena fue tan impactante que despertó una curiosidad que no se apagaría jamás. “Desde ese momento quise saber absolutamente todo de esos animales”, recuerda. Hoy, ese niño es el autor principal de una investigación científica que acaba de cambiar la forma en que entendemos la evolución de los monos nocturnos en el norte de Suramérica.
El estudio, liderado por Montilla —estudiante de doctorado en Ciencias Biológicas de la Facultad de Ciencias— y desarrollado junto a un equipo internacional de investigadores, analizó la historia evolutiva de los monos nocturnos del género Aotus en Colombia y regiones vecinas. A través de datos genéticos, modelación ecológica y análisis morfológicos, la investigación demuestra que el río Magdalena no es solo una columna vertebral del país, sino también una barrera histórica que ha separado linajes de estos primates durante miles de años .
Para Montilla, los monos nocturnos no son especiales solo por su valor científico. Lo son porque desafían muchas de las ideas que tenemos sobre los primates. Son los únicos primates nocturnos de América, viven en parejas monógamas estables y presentan un cuidado parental poco común: son los machos quienes cargan la mayor parte del tiempo a las crías. Además, habitan bosques fragmentados, incluso cercanos a zonas urbanas, demostrando una capacidad de adaptación sorprendente. “Están mucho más cerca de nosotros de lo que creemos”, afirma.
Esa cercanía fue precisamente la que lo llevó a preguntarse cómo se distribuyen realmente estos animales y qué fuerzas han moldeado su diversidad.
La investigación analizó muestras recolectadas en 93 sitios (92 en Colombia y 1 en Ecuador), combinando años de trabajo de campo, espera y análisis. Pero hubo un momento clave que cambió el rumbo del estudio. Durante una salida al valle del Magdalena Medio, el equipo analizó dos muestras tomadas prácticamente al mismo nivel del río, separadas apenas por unos cientos de metros: una en Santander y otra en Antioquia, con el río como límite político. Según el conocimiento previo, esas muestras debían ser genéticamente muy similares.
No lo eran.
Los análisis revelaron que pertenecían a linajes profundamente distintos. Ese hallazgo inesperado llevó al equipo a plantear una hipótesis radical: el río Magdalena habría actuado como una barrera biogeográfica que separó poblaciones de monos nocturnos, incluso cuando estas se encontraban muy cerca en términos geográficos . A partir de ahí, los datos confirmaron un patrón consistente: poblaciones ubicadas a cada margen del río mostraban una clara diferenciación genética.
Los resultados identifican al menos cuatro grandes linajes genéticos de monos nocturnos en el noroeste de Suramérica, estructurados principalmente por grandes barreras naturales como la cordillera de los Andes y, de manera central, el río Magdalena. Contrario a hipótesis anteriores, la elevación no resultó ser el factor clave que separa a las especies, sino la historia geográfica del territorio.
Incluso rasgos físicos como la longitud del pelaje —que aumenta con la altitud— aparecen como adaptaciones convergentes al clima, más que como señales claras de especies distintas. En otras palabras, monos genéticamente diferentes pueden parecer muy similares a simple vista si viven en ambientes parecidos.
Para Montilla, este hallazgo transformó su manera de entender Colombia. “Nos dimos cuenta de que están ocurriendo dinámicas evolutivas distintas a cada margen del río”, explica. Y no solo en primates: ranas y otros organismos también reconocen al Magdalena como una barrera. Además, las comunidades humanas que habitan a cada lado del río tienen prácticas culturales y de conservación diferentes, lo que puede influir directamente en el futuro de estos linajes.
La historia de esta investigación no se entiende sin las personas que acompañaron el camino. Montilla destaca al profesor Andrés Link como una figura clave desde su pregrado hasta su doctorado, alguien que le permitió convertir un sueño infantil en ciencia rigurosa. Pero también reconoce el papel fundamental de la comunidad de Pijao, donde todo comenzó. Allí, los monos nocturnos no solo son objeto de estudio: hoy hacen parte de la identidad local. Hay murales que los representan, turismo responsable para observarlos y niños que conocen su importancia ecológica y transmiten mensajes de conservación.
Ese vínculo entre ciencia y comunidad es, para Montilla, uno de los mayores logros.
El trabajo, sin embargo, está lejos de concluir. Actualmente, el equipo cuenta con financiación para ampliar la investigación y evaluar el papel de otros grandes ríos —especialmente amazónicos— en la diversificación de los Aotus cisandinos, una región donde la historia evolutiva de estos primates sigue siendo poco conocida. Durante el presente año, el proyecto continuará con nuevos frentes de análisis que incluyen el estudio de posibles diferencias acústicas entre los monos nocturnos de cada margen del río Magdalena y la revisión detallada de ejemplares de museo, con el objetivo de identificar variaciones morfológicas sutiles que complementen la evidencia genética. Un esfuerzo integrador que busca seguir revelando, desde múltiples miradas, cómo el paisaje colombiano ha moldeado la diversidad de uno de sus primates más enigmáticos.
Un mensaje para quienes empiezan
A quienes hoy leen su trabajo y sueñan con dedicarse a la ciencia, Montilla les deja un mensaje claro: no importa crecer en un pueblo pequeño, en una vereda o en la montaña. “Hay miles de oportunidades de crecer en la ciencia si no perdemos la capacidad de admiración y curiosidad por lo que nos rodea”. Los bosques cercanos, incluso aquellos que parecen comunes, están llenos de historias aún no contadas.
Como la suya: la de un niño que vio unos ojos brillando en la noche y terminó revelando que uno de los ríos más importantes de Colombia también divide, en silencio, la historia evolutiva de nuestros primates.