El camino que llevó a Mireya Osorio a trabajar con comunidades amazónicas comenzó durante su formación como bióloga en la Universidad de los Andes. Como ella misma recuerda, su relación con el Amazonas inició, como para muchas personas, a través de documentales, fotografías y lecturas. Sin embargo, la experiencia directa con el territorio llegó durante su paso por la universidad.
“Tomé una asignatura que se llamaba Mamíferos Acuáticos, cuya salida de campo era en Puerto Nariño. Ese viaje marcó mi vida”, cuenta. A partir de esa experiencia tuvo la oportunidad de realizar su trabajo de grado con la Fundación Omacha, lo que fortaleció su vínculo con la región amazónica.
Pero más que encontrar respuestas científicas, ese encuentro con el territorio abrió nuevas preguntas sobre la relación entre las personas y la naturaleza. “En el Amazonas, más que encontrar respuestas científicas, encontré preguntas sobre cómo nos relacionamos con la naturaleza y con los otros”, explica. El trabajo con comunidades indígenas, pescadores artesanales, mujeres y colectivos del territorio transformó su manera de entender la biodiversidad, que dejó de ser únicamente un objeto de estudio para convertirse también en un proceso de diálogo entre distintos saberes.
Ese aprendizaje marcó su trayectoria profesional y también su vida personal. Desde entonces, el Amazonas ha permanecido como un vínculo profundo que se refleja en su trabajo con comunidades, en proyectos con colectivos de mujeres artesanas e incluso en la forma en que ha transmitido valores de respeto por la naturaleza en su vida familiar. A lo largo de los años también ha tenido la oportunidad de enseñar en distintos niveles educativos —desde niños hasta adultos mayores— y hoy trabaja en iniciativas de divulgación científica desde la Universidad de los Andes, buscando nuevas formas de contar las historias de la biodiversidad.